dialectos que matan
El status privilegiado de que disfruta una lengua como el español frente a idiomas vernáculos, lenguas propias, como el quechua o el aymara, es una circunstancia que a ningún observador externo puede dejar de sorprender. El hecho de que peruanos, bolivianos, ecuatorianos, etc. parezcan no haberse dado cuenta de esta situación anómala resulta sumamente insólito si uno considera que precisamente dichos países se encuentran actualmente embarcados en la persecución de un santo grial: la reconfiguración de la identidad nacional a partir de claves que quieren hallarse en las raíces nativas. Curiosamente, una de las claves más claras y salientes de la identidad colectiva —la lengua— es el convidado de piedra del regeneracionismo nacional, sea éste del cuño y del ismo que sea. De hecho ni el neoizquierdismo ni el neoliberalismo aventajan al indianismo o al nacionalismo en negar carta de naturaleza a la cuestión de las lenguas propias.
Como digo, este escenario de lenguas invisibilizadas, habladas casi a nivel underground, a cuyos hablantes se les niega todo lo que se presume natural atribuir al hispanófono, es algo que llama poderosamente la atención del extranjero que se encuentra cara a cara con esa realidad. Pero para que el castellano asuma esta posición incontestada, necesariamente debe contar con la resignación sumisa de los hablantes de las lenguas minorizadas, que deben haber renunciado a reivindicar sus propios derechos lingüísticos. Es decir, los hombres y mujeres invisibilizados por la comunidad lingüística dominadora necesariamente tienen que estar colaborando con ese apartheid que los anula.
Ese hecho incontrovertible y aparentemente inexplicable tiene, en realidad, múltiples vertientes de tipo económico, social, político, ideológico, etc. Todas ellas son imposiciones que, sea uno consciente de su naturaleza coercitiva o no, se ejercen inexorablemente sobre el hablante nativo de lenguas minorizadas. En estas líneas quiero referirme solamente, de forma casi anecdótica, a uno solo de estos factores, quizá mucho menos importante que otros, pero altamente ilustrativo de los canales psicológicos sutiles mediante los que opera el mecanismo que hace posible la dominación de una lengua sobre las demás.
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El lenguaje popular, con aparente inocencia, da puntual cuenta de la doctrina en boga concerniente a la lengua. Viájese al Perú, a Bolivia. Cuando se inquiera por el aymara o por el quechua se disparará un mecanismo automático inconsciente en los interlocutores locales. Se empezará a escuchar de manera recurrente en la conversación un término que no por desconocido va a dejar de ser empleado: dialecto. «Es un dialecto», «son dialectos», «en las provincias sí se hablan esos dialectos», «no amigo, son dialectos de la selva», «aún hablan el dialecto de los incas», «tenemos dialectos muy hermosos en nuestro país» y otras expresiones similares son frecuentes cuando la conversación deriva hacia las lenguas propias minorizadas.
Los lingüistas se verán confundidos durante unos segundos al reconocer ese término —dialecto— que no les es ajeno pero que, a manos de una ideología silenciosamente asumida, parece haberse alejado del simple significado descriptivo que le atribuye la disciplina lingüística para devenir en un juicio de valor sobre las lenguas minorizadas y, prácticamente, una justificación sobre su estatus. En efecto, el aymara, el quechua y otras lenguas propias, al ser «solamente dialectos», que no idiomas, estarían en una posición de subordinación que no sólo resultaría natural, bajo tal óptica hegemónica, sino incluso justa.
Pero ¿entonces no son dialectos lo que se habla en la selva del Perú, de Bolivia, de Ecuador? ¿no se está atribuyendo una carga semántica excesiva al uso inocente de una palabra? Ciertamente la selva, la sierra, los yungas, la amazonia y otras áreas de habla amerindia están, efectivamente, trufadas de dialectos pero —he aquí la clave— éstos son variantes dentro de un diasistema de hablas que concretamos y totalizamos bajo el nombre de lengua o idioma. Y normalmente, siendo plenamente conscientes de la existencia de tales variantes —por ejemplo, dentro del mismo español— nada nos impide llamar inglés al inglés ni ruso al ruso, con variantes incluidas. Si sostenemos que el quebequés es un dialecto, lo que estamos afirmando es que se trata de una variedad de la lengua francesa. Si sólo decimos que se trata de un dialecto y no mencionamos al francés, nuestra afirmación quedará tan desatinada como proponer que un cocker spaniel o un dobermann son meramente variedades y solamente eso, cuando sabemos a carta cabal que tienen que ser variedades de algo, y ciertamente no de cualquier cosa —no de monos o de mondadientes— sino de perros. Por tanto hablar de dialectos, en un sentido riguroso, impone también la necesidad de considerar las lenguas de referencia a las que tales dialectos se adscriben.
A la luz de lo anterior ¿tiene el aymara dialectos? Entendido «aymara» como Aymara Sureño, efectivamente tiene varios dialectos perfilados a vista de pájaro por Lucy Briggs en el siglo pasado. También el español, aunque algunos traten de negarlo, tiene dialectos con distintos grados de divergencia entre sí. El castellano de los Andes, el del Rio de la Plata o el de Andalucía, son dialectos del español y, ciertamente, los que dicen, por ejemplo, que el quechua es un dialecto, ellos mismos no hacen otra cosa que hablar un dialecto regional de la lengua castellana. Prosiguiendo, y sabiendo ya que el aymara tiene dialectos, ¿es el aymara en sí un dialecto? Ya se ha hablado de lo inútil que resulta señalar que algo es un dialecto «en sí» y no señalar su lengua de referencia. En términos sincrónicos, no encontramos en la actualidad ninguna otra lengua de la que podamos siquiera proponer que el aymara es una variante de la misma. Ni el castellano ni el quechua son esas lenguas referenciales. A no ser que supongamos que el aymara como diasistema es dialecto de sí mismo, lo cual no tiene ningún sentido, hemos de arribar a una única conclusión: el aymara es una lengua, cosa que ni merecería comentarse porque es evidente. Así que la respuesta es no, el aymara no es un dialecto ya que no existe la lengua de la que sería variación. Y en términos diacrónicos, el aymara no es dialecto de su protolengua en mayor grado de lo que lo es, por ejemplo, el español del latín.
Ya que no es difícil oír frases como «el aymara es un dialecto», parece un ejercicio muy recomendable y divertido poner en aprietos al interlocutor preguntándole de qué idioma exactamente lo considera dialecto, pues ciertamente éste no tiene la menor idea de que dicho término significa algo muy concreto y muy diferente de lo que él entiende: un sinónimo de sublengua, infralengua, casi-lengua, idioma imperfecto, lengua primitiva o idioma inferior. Y todo indica que es esa la carga ideológica y despectiva que se esconde en «dialecto» pues reserva este término exclusivamente para los idiomas minorizados —plenamente lenguas— y no para su propia habla local —ésta sí, dialecto— del castellano.
Bajo estas premisas silenciosas, el peruano, boliviano, ecuatoriano castellanohablante —y ciertamente también el de habla nativa— asumen con naturalidad el statu quo que coloca en la indigencia a los hablantes nativos de la que no es la lengua elegida. Al fin y al cabo —tal es la idea— se trata solamente de dialectos, sublenguas incapaces de servir a los propósitos de la modernidad. Las lenguas merecen leyes que las protejan y los dialectos no las merecerían porque no llegan al nivel de lenguas. Hay toda una semántica tan brutal como sutil, y ciertamente inmoral, en la terminología que se emplea para hablar de las lenguas minorizadas. Nada de esto es inmotivado. Todo aporta su carga de sentido y legitimación al empequeñecimiento de las lenguas de los otros, que curiosamente resultamos ser nosotros mismos.
Ahora es cuando el observador externo puede empezar a entender que la aparente pasividad de los hablantes de las lenguas invisibilizadas no es gratuita, que se debe a mecanismos intangibles de acallamiento, actuando muchos de ellos al nivel de lo inconsciente, haciendo posible que el desprecio hacia la lengua materna no solamente venga de afuera sino también de adentro, pulsando resortes de autoodio cuyas consecuencias, mediante el daño irremisible a la autoestima de millones de personas, serán mucho más serias e irán mucho más allá de lo lingüístico, legitimando formas de sumisión que penetran transversalmente las vidas de multitudes de individuos atrapados bajo la férula de la dominación total, uno de cuyos puntales, a no dudarlo, es la imposición idiomática.


Pues hay mucho que hacer para darles el sitio que merecen nuestras lenguas, a lo que tienen mucho que contribuir los linguistas como tu.
Estimada Amazilia. Te digo lo mismo que le dije a Susana. Los linguistas no pueden salvar la lengua. Son los hablantes los que tienen que hacerlo, organizandose, haciendose visibles para asi salir de la invisibilizacion de que hablo. Nadie los va a hacer visibles si no son ellos mismos.
“Empequeñecimiento de las lenguas de los otros, que curiosamente resultamos ser nosotros mismos”.Hay que revisar la pregunta de ¿qué fue primero, hablar o pensar?
Otra pregunta: ¿son independientes el hablar y el pensar?, algo muy pertinente en lo que se refiere al filtro del idioma aymara.